Hay lágrimas que son de alegría y si se guardan durante mucho tiempo devienen en alivio.
Una palabra se muere si no llama a otra.
Puede también endurecerse sin perder la ternura.
De flaquezas proponía Nietzsche sacar las fuerzas y mi cuello roto, bastante años después, eran sus garantías.
Irse no es alejarse y si el ruido no se callase, el oído no escucharía al silencio.
Muchos techos sirvieron de pisos firmes y en muchas cárceles, “tumbas” de encierro, castigo, oscuridad y muerte, la vida humana fue iluminada y premiada con las ideas más libres.
En Argentina, la última dictadura militar zarpó y arrebató de cuerpo y alma la vida de 30.000 hijos de ese país. Los hicieron desaparecer para que el olvido, que no escucha, no habla ni ve, no pueda contarnos quienes eran, que hacían, que pensaban, que sentían y porque luchaban. Sin embargo, los hilos de la razón se cortaron, el milagro aconteció y entre tanto dolor, la vida volvió a parir, pero al revés: las madres y las abuelas de ellos son paridas y vueltas a nacer por sus hijos, y ellos, que ya no están caminando por esta parte jodida del mundo, no dejan de aparecer y caminar en ellas.
jueves, 18 de febrero de 2010
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