jueves, 18 de febrero de 2010

Entre querer y poder

Había llegado a cuarto año del magisterio sin hacer ni una puta obra que valga la pena. Excusas sobraban: doble turno más inglés menos el riesgo de resignar otras cosas y no aprender a limitarme no hacían una buena fórmula del éxito.

Pero me cansé. Empecé por una punta, trasnoché un par de noches, inventé, al mismo tiempo que me inventé a mí mismo, improvisé y, como bien enseña el maestro, la inspiración me encontró trabajando.

Al otro año, multipliqué.

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