jueves, 18 de febrero de 2010

Panaderos

Panaderos
Nunca quise encerrarme en un gimnasio y tampoco fuí bueno para las modas. En cambio, con mis botines azules “Mitre”, que compré hace tiempo creyendo que eran zapatillas, atados por cordones con los colores “rasta”, me disfracé de corredor y gimnasta por un rato y me saqué a ventilarme al sol en el parque que me vió crecer.

Tras finalizar el rito que, dentro de la ciudad, me acercaba por unos minutos a la naturaleza, cuando volvía a casa las últimas luces del atardecer y los primeros vientos del anochecer me trajeron esas bolitas de pelos blancos que de chicos nos dijeron que se llaman “panaderos”. La existencia de los mismos tenían un propósito: si lograbas atraparlos en tu mano, cerrabas los ojos, pedías un deseo, y finalmente lo soplabas para que se vaya volando, el deseo que acababas de pedir se cumpliría.

Yo ya estaba un poco grande para esas cosas y encima venía saturado de deseos: hace unos días terminaba de escribir y publicar mis deseos y no había tenido ni tiempo para realizarlos ni le había dado tanto tiempo al tiempo para que me los realice.

Sin embargo, algo me llevó a que lo atrape con mi mano más torpe. Pero no sabía ni tenía por el momento más nada que desear para mí. Poco después de dar unos pasos con él en mi mano entendí que pasaba y desee que no haya ni un solo panadero que no deje de aterrizar en las manos de todos los y todas las que seguimos llevando nuestro niño y niña adentro y no nos creímos todavía el cuento de crecer.

El viento se lo llevó. No hizo falta soplar.

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