Esa noche, dio a luz y fue testigo, en el bar amigo, de la entrega a toda prueba del “cuarteto bailantero”. El bar estaba más vacío que de costumbre y los espacios creados, tan buscados en la pista de fútbol para generar y exhibir juego, en la cancha del baile lo que más generaba la exposición era timidez. Pero como José Sabía que cuando todo parece jodido es cuando más hay que poner, el cuarteto bailantero salió a demostrar de lo que está hecho y brilló por encima del resto de los grupos presentes. Obviamente, en el juego del baile, yo jugaba mejor haciendo de hinchada que adentro de la cancha. Sin embargo, el “aguante” me llevó también a mojarme un poco los pies y así completar el cuarteto.
En algún momento de la noche, seguramente acercándose el final, el cuarteto se separó y yo debí haber emprendido la vuelta al hogar con uno de ellos, compartiendo las cuadras que teníamos en común y haciendo solo las que restaban.
Unas cuadras antes de llegar a casa, un flaco, aparentemente de mi edad, sale a mi encuentro para pedirme (supongo) alguna moneda para el bondi. Monedas creo que efectivamente no tenía y debe haber sido la mezcla del anclaje de mis pies y el reclamo por algo más que una moneda lo que derivo en el inicio de una intencionada charla de mi parte, pero que efectivamente fue una discusión acelerada por la continua insistencia de obtener el muchacho un poco más de mi capital temporal.
En un momento de la discusión se hizo evidente que tanta plata para tomar un colectivo no era necesaria, por lo cual el momento de la confesión, del verdadero motivo de la insistencia fue revelado: el flaco era presa y víctima de la pasta base, del “paco” y para seguir viviendo necesitaba consumir más y no tenía plata. Para que le crea, acompaño su condena con la prueba empírica de un tuquero que llevaba consigo, pero me alcanzaba para creerle la desesperación manifiesta de que sea capaz de ofrecerme alguna de las prendas que llevaba puesta a cambio de mi plata para poder consumir más.
Con ayuda de los últimos efectos del alcohol digerido logré encaminar la discusión a su punto final.
No me acuerdo a que tipo de acuerdo llegamos ni el trueque que hicimos, pero lo cierto fue que ninguno de los dos salió ganando ni quedó conforme: él, por no haber conseguido más de lo que le ofrecí y yo (que nunca tuve una voluntad de Superman) por no poder evitar contagiarme de esa voluntad quebrada y dejar que se me reventara el alma contra el piso de tanta amargura.
martes, 2 de marzo de 2010
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