Abbadon, el exterminador, estaba presente en los tres ascensores del edificio de mi tía, latiendo el horror de quedarnos encerrados. Mejor, subiamos los cinco pisos por las escaleras.
Mi errancia, mientras bajaba las escaleras del secundario, me llamaba a tropezarme frente al público presente en la tarde de mi egreso.
En la de madera, me quedaba sentado, escondido, escuchando a ver que decian.
viernes, 5 de marzo de 2010
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