La ciencia le había declarado la guerra a la religión desde que Galileo les dijo en la cara “Epurse muove” a los eclesiásticos, pero el científico moderno más famoso, Albert Einstein, creía que en última instancia había un Dios que le daba un orden al universo frío y desolador.
John Forbes Nash, el famoso matemático estadounidense, después de resolver muchísimas fórmulas y cálculos matemáticos y consagrarse como un genio, después de tantos años, en un homenaje que le hacen se queda en silencio y llega a una conclusión: lo que lo motivaba a hacer ciencia y la causa de todo lo que era y hacía era su mujer.
Mientras Luis Eduardo Aute me contaba que la ciencia “es una estrategia y una forma de atar la verdad porque el misterio se esconde detrás”, Giovani Sartori me enseñaba en la Universidad que la ciencia avanza por acumulación, cuando lo único que acumulaba era lo que no me sobraba.
El profesor Hans Krebs, uno de los más célebres bioquímicos de la historia, allá por los 60, le explicaba al entonces estudiante Federico Mayor Zaragoza para que estaba la ciencia: “la justificación de la ciencia y del conocimiento es su aplicación para evitar o reducir el sufrimiento humano”.
Para mí, individualista incurable, la ciencia había que ponerla al servicio de un solo fin: que todos y todas podamos viajar en el tiempo y volver a atrás a decirle lo que nunca pudimos o no nos animamos a decirle.
martes, 2 de marzo de 2010
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