En el Parque de la Memoria hay una obra llamada “sin título”, de Roberto Aizenberg. Es una escultura.
La imagen es la de tres figuras humanas pero reducidas geométricamente a su mínima expresión: tres cabezas en forma de círculo unidas al tronco de sus respectivos cuerpos por un rectángulo vertical que hace de cuello.
Las diferencias de tamaño en las proporciones y en las formas indican que son tres figuras distintas: son una familia, y dos de sus figuras, madre e hijo se entrecruzan.
No tienen caras.
Sus cuerpos están vacíos.
Vacío es lo que genera la obra. Uno se para, la ve y el vacío entra.
Vacío dejan los desaparecidos a los que podemos aparecernos con cuerpo y cara.
El vacío es abismo sin fondo.
Es ojos viendo la oscuridad, que es ver nada, que no es sentido. Que son ojos de adorno.
Es caída eterna sin impacto. Es vena abierta sin cicatriz.
Pero en el mismo vacío del dolor hay fuerza todavía: de chiquitas a gigantes, de enormes a pequeñitas, hay fuerzas. Vienen y se van, pero están.
Del mismo vacío del dolor, de la nada misma, nace todo:
nace el orgullo por los que señalaron hasta las últimas consecuencias vida y lucha, que son dos caras de la misma moneda;
nace odio, el más inmenso de los odios para los verdugos y arrebatadores de sueños.;
nace amor, el amor con el que fueron paridos; y
nace agradecimiento, el más profundo de los agradecimientos para los que enseñan a caminar.
martes, 2 de marzo de 2010
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